BIENAL DE LA HABANA 2015

Néstor Díaz de Villegas

 

Gustavo Pérez Monzón: un rayo de gris.

Basta asomarse a "Milicias campesinas" (1961), de Servando Cabrera, y admirar la musculatura lírica de sus guajiros, y compararla con el formalismo de las primeras piezas de Gustavo Pérez Monzón, para darnos cuenta de que 1981, el año de la muerte de Servando y de la irrupción en escena de Volumen I, marca un momento de cisma. El siglo XX había dado alcance otra vez al arte cubano, y los "gérmenes de la enfermedad" de ese siglo, de que hablara el Che en su seminal ensayo El socialismo y el hombre en Cuba (1965), venían a introducirse subrepticiamente en la conciencia de los artistas.[i]

 

La obra de Pérez Monzón es la secuela de la perturbación política y el primer síntoma de fatiga cultural revolucionaria. El creador toma distancia de lo pintoresco, renuncia al vernáculo, desespera del romanticismo y se plantea el problema estético dentro del "espíritu del tiempo" posnacional. Por haber sido formada en el contexto del exitoso programa de educación socialista, la generación de los 80 se encontraba en posición idónea para negociar la entrada del decadentismo.

 

En Pérez Monzón, el zeitgeist es la culminación ineludible de las tendencias sociales que conducían a una nueva época. La revolución se había establecido como paideia, un proceso intensivo de espiritualización circunscrito al ámbito de la niñez y la actividad pedagógica que, una vez cumplido, produjo obras de un refinamiento y una complejidad que iban más allá de lo previsto por las autoridades culturales.

 

La llegada de la decadencia anuncia que las fuerzas del mercado terminaron por imponerse a la candidez de la época heroica. El egresado de la Escuela Nacional de Arte es otro desempleado que sale a la calle para enfrentarse al Quinquenio Gris. La sospecha de diversionismo que pesaba sobre Pérez Monzón, Leandro Soto y Tomás Sánchez, justo en el momento de su graduación, les cierra prematuramente las puertas del emplazamiento laboral. Ese desvío —la crisis ideológica que define todo un período histórico— es el obstáculo formidable que conduce a la enajenación.

 

Gustavo en Guanabo es la viva estampa del desplazado. En una cabaña a pocos metros del mar crea algunas de las obras por las que lo celebramos hoy. El acento de esas piezas es abiertamente melancólico; su frialdad conceptual, toda una declaración de principios. Los materiales son tomados directamente de la playa: guijarros, trozos de conchas, cosas traídas por la resaca, vinculadas por redes de cuerdas. El artista aprendió de los tejedores: sus instalaciones son tarrayas extáticas, una práctica inclusiva que continúa hasta el presente en su colaboración con artesanos de Oaxaca.[ii]

 

Con Gustavo aparecen el orden y el número, pero también el caos, la cifra de la nulidad. Lo no-figurativo y lo inorgánico ocupan el centro del esquema. Las manipulaciones de cifras, hilos y cantos es chamánica, la iteración incita al conjuro. Lo mineral es la materia imantada que cobra vida gracias a la distribución geométrica. El guijarro es un betilo, la piedra sagrada. En su trabajo con niños, la roca sirve de soporte a un ánime pobre —heredero del "cinema anémico" de Duchamp— e introduce la idea del petroglifo mucho antes de las intervenciones de Ana Mendieta en el parque Escaleras de Jaruco: no es gratuito afirmar que, en la historia del arte lapidario, Ana es otra niña de Gustavo.

 

El Quinquenio Gris resultó ser la etapa más significativa en la cultura nacional, y no, como se creyó, el período rosa del primer fervor. Gustavo reclama para su paleta el tono de la época, la grisalla que Antonia Eiriz había descubierto casi dos décadas antes. La Revolución, que educó al campesino y socializó la cultura, produjo un excedente artístico —y la plusvalía era, esta vez, consecuencia de la masificación. Si el espíritu del tiempo se presentaba en talante melancólico se debía a que, después de todo, el origen revolucionario —los años de plomo de la guerra contra la dictadura— no estaba anclado únicamente en el fervor, sino también en la cólera y la bilis negra.

 

[i] Ernesto Che Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba (Pathfinder Press, Atlanta, 1992), p. 65.

 

[ii] En la actualidad, Pérez Monzón dirige la empresa Una línea de gis, con sede en Cuernavaca, fundada con la "intención de generar un acercamiento de artistas contemporáneos a los procesos tradicionales de algunas culturas de México. . .", y que "pretende promover tanto el trabajo de artistas emergentes como el de los artesanos".